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En ViLo

02/02/2012

Al optimismo II

"...¡Pero no todo es así!" Interrumpió el joven, aunque no sin convencimiento:

"...hay también campos de trigo como cárabes resplandecientes bajo la enorme brasa matinal, cedros venerables que danzan en sus plegarias, destello de comunión en las pupilas de la misericordia, vino gentil y pan ablandándose en la tensión sacra de la salmodia; todas estas cosas, aunque pequeñas y breves, coronan con su hermosura las fatigas de la vida."

"Bien", respondió el maestro,
"...acaba usted de demostrar que, a veces, podemos caer enfermos."

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03/11/2011

Modernidad

Pensar deprisa termina por espantarnos todas las ideas.

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18/03/2011

El Minotauro en Gubiña

Hubo en Gubiña un Minotauro. Nadie sabe cómo llegó. De repente lo vieron allí, ocupado en levantar algo parecido a una casa con paredes encontradas y sin ventanas; las únicas puertas daban a otras que, a su vez, conducían a más puertas o, en otros casos, a una pared. Arquitectura tan prodigiosa como inverosímil. En realidad todos en Gubiña pensaban que era más bien estúpida.

Los hombres del pueblo eran fuertes, prácticos, de un humor ligero y tropical, así que dejaron hacer al Minotauro hasta que terminó y, divertidos, notaron cómo las paredes terminaban en una irremediable y única salida. El último día de la construcción vieron cómo aquel ser ante el cual los niños lloraban, la clausuraba. Entonces festejaron con aplauso y risas el último adobe que ocultó los grandes ojos y apagó los resoplidos de aquel hocico infame. Esperaron divertidos a que el monstruo empezara a gritar para que lo sacaran, pero al no escuchar nada, se aburrieron y se fueron a sus casas.

Pasaron muchos días y, salvo por avistamientos raros, el Minotauro no dio nada de qué hablar y casi se olvidaron de él; mucho tiempo después, la noticia de que había un Minotauro que a veces se asomaba por encima de aquellas paredes no asustaba ni excitaba a nadie. Hasta que vino la sequía.

Gubiña dejó de bailar frente a la iglesia el año en que no llovió y se secaron las milpas. Por esos días, el Minotauro se asomaba casi cada tarde, a él también se le veía sediento y sucio. La piel agrietada de su cabeza aparecía cubierta con las costras secas de un lodo fétido. "Está sufriendo también", decía la gente, y seguían su camino hacia los pueblos vecinos, que terminaron por dejar de comerciar con los de Gubiña, pues allí nadie podía pagar nada.

Procesiones, misas, sacrificios, incienso, las últimas reservas de maíz; todo, todo se ofreció ante el altar y no hubo respuesta ni los arcángeles, ni de los santos: "¡Puta madre!", pensaba el cura, "Dios ha venido aquí a prodigar (como es su costumbre) la sed y el hambre, dejándonos sin diezmos".

Al cumplirse un año de la sequía, en una asamblea solemne, la gente determinó abandonar Gubiña y, mientras todos arreaban las yuntas a Juchitán, alguien llamó a la plaza: una mujer a punto de parir pedía, entre gritos, que le ayudaran. Acudieron todas las paisanas en edad de entender las cosas de los nacimientos y, después de que alguien donó los últimos litros de su tinaja para lavarle, se apresuraron a meterla en una casa. Cuando la mujer parió, nadie pudo decir nada por el espanto: una criatura fuerte y con voz ronca se revolcaba en medio de trigo y de agua: la mujer daba a luz tanto al niño como a las semillas. El asombro y la confusión fueron mayúsculos cuando alguien dijo: "El Minotauro la preñó". En ese momento empezó a llover.

Las semanas siguientes (no sin la indignación del cura), nacieron más niños con semillas que traían aguaceros.

A partir de ese año llegaban, antes de mayo, las pequeñas y horribles criaturas trayendo lluvias, sorgo, maíz, trigo y ajonjolí.

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Nota del editor:

En algunas versiones de la leyenda, los narradores cuentan que incluso pasaron siglos antes de que el Minotauro fuera recordado; en otras, el Minotauro jamás vuelve a ser visto por hombre alguno; para otros autores, el Minotauro es quemado vivo por la turba embravecida, compuesta exclusivamente de varones (yo mismo he tenido la suerte de haber confrontado los registros, me refiero particularmente al apartado sobre "Leyendas populares del Istmo de Tehuantepec", del Catálogo "Mitos y discursos morales" de la Biblioteca Nacional: mss. 0776809, 0779012-21 y 07791226).

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14/03/2011

Evocación a Fiódor


En realidad el genio ruso pudo decir:


"Si Dios existe, en su nombre todo está permitido"

...Y esto es particularmente cierto en la filosofía.

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08/01/2011

El Dragón (6 de enero de 2008)

Debo advertir que hasta hace algunos días el tema de las posesiones me tenía sin el menor cuidado. Pero, por la naturaleza de las cosas que me sucedieron el seis de enero pasado, he preferido (como el escéptico que no soy) suspender el juicio.

Iniciaré pues develando un secreto (si es que para alguien todavía lo es): debo decir que todo varón quiere, en el fondo de su alma, al menos parecerse a Bruce Lee. Si algún ejemplar masculino te dice que no es su caso, está mintiendo. Punto. Y es mejor alejarse de él pues, si no tiene el aplomo para confesar ese sentimiento, ¿cómo andar con la boca limpia en todo lo demás?

Tal vez tenía ocho años o menos, pero por esa edad fue que me DI CUENTA de quién era Bruce Lee. Recuerdo que me propuse el objetivo vital de ser como él. No importaba cómo, pero mi certeza era que tenía que lanzar patadas tales que, por ejemplo, el maestro en turno no tuviera duda de que yo debía aprobar el curso con honores. Cumplía diez años, mis amigos y yo decidimos dedicarnos a entrenar seriamente y, todas las tardes, marchábamos a la ribera con el Jet Kune Do debajo de mi camisa (mucho antes de saber que Bruce había estudiado filosofía). Abríamos sus páginas en silencio y mirábamos atentamente. Yo tenía el libro, pero Jorge, el más grande de la manada, decidía qué era lo que debíamos hacer en el camino hacia la perfección del cuerpo y del alma. Un día trajo una caja de madera (las que usan para transportar fruta) y había que romperla con el puño. Jorge lo logró con tres golpes. Llegó mi turno: doloroso impacto del desengaño.


Después, lo admito con cierta vergüenza, me olvidé de Lee hasta hace tal vez cinco años: en medio del Coliseo romano y de las explicaciones eruditas de un colega historiador, me invadió con claridad este pensamiento: "El Dragón estuvo aquí". Entonces empecé a deslizarme como él frente el azoro de los otros turistas. Mientras otros pensaban en las restauraciones de la magnífica arquitectura y demás cosas para gente culta, yo me detenía y miraba hacia abajo, esperando encontrar las huellas del mítico calzado de Lee o tal vez algún cabello de Chuck Norris.

El seis de enero de 2008 arrancaba de la gasolinera cuando un colectivo me aventajó y se cruzó en mi camino para llegar pronto a la bomba de enfrente. Lo hizo sin cuidado. No conforme con eso, me lanzó un insulto que pude leer con claridad de sus labios, como si yo tuviera tenido la culpa. Sin verlo, devolví la cortesía tratando de que el conductor también leyera mi expresión y continué la marcha. Desde el espejo retrovisor miré que el chofer del colectivo no había cargado, ahora me perseguía. Cuando se emparejó gritaba improperios y maldiciones en tal volumen que se escuchaban a través de las ventanas del auto. Avanzamos así algunos metros, un poco divertido porque, en algunos minutos aprendí algunas leperadas que espero no usar jamás.


Aun así, no sé por qué me detuve. Ni siquiera estaba enojado o alterado por sus insultos o por el tráfico. Respiré lento, cerré los ojos e incliné un poco la cabeza. En ese momento (y, en serio, aquí viene lo que es más difícil contar), el espíritu de Bruce Lee invadió mi cuerpo. Así es. Tan real, tan puro, tan presente, el Dragón se hizo cargo de todos mis músculos y mis tendones. Las máximas del Jet Kune Do llegaron a mi cabeza con la misma nitidez del cielo cerúleo de las dos de la tarde. Bajé el cristal y miré fijamente al chofer del colectivo:

-Joven, le dije, hoy es seis de enero: tu familia, tus hijos te están esperando SANO Y SALVO. No te metas en problemas.

Las pocas personas que han escuchado esta historia (y que han podido superar la incredulidad) me preguntan qué tono de voz usé, qué postura tenía, si me orinaba de miedo o no, si pensaba seriamente en liarme a golpes con el tipo o si soy en verdad imbécil porque, generalmente, esos personajes traen alguna herramienta que usan como arma. Mi respuesta para todo eso es "no lo sé". Lo que puedo decir es que el chofer del colectivo no dijo nada más y siguió su camino.

Yo me quedé un buen rato allí, dejando fluir en mí toda la fuerza de un coletazo certero de Dragón.

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